Día 68 Ni buena ni mala

Hoy pensé en cómo me vengo sintiendo con mi hijo, en la etapa que se encuentra él y en cómo lograr armonía entre mi cansancio, sus dos años y esa rabia que llevo dentro y ese enojo que me persigue desde hace mucho tiempo.

Ese enojo que no tiene nada que ver con este hijo al que amo y adoro con todo mi ser. Este hijo al cual necesito proteger de estas emociones nefastas que me nacen.

Durante un tiempo, creí que ser mamá de un bebé se me daba muy bien, pero hace poco me puse a reflexionar y creo que no. Cuidar y amar a mi bebé fue fácil porque él fue un bebé muy fácil de cuidar y amar.

No tuvo nada que ver conmigo.

Así como a esta edad empecé a sentir que me exasperaba, creo que hubiera podido sentirlo antes si no me hubiese dejado dormir, por ejemplo.

Cuanto más me adentro en mi recorrido de ser madre, menos consejos me atrevo a darles a otras.

Puedo repetir cosas que a mí me fueron bien… durante un tiempo. Otras que sé que satisfacen las necesidades primarias de los bebés, como mamíferos que son/somos.

Poco más. Luego voy comprobando que hacemos lo mejor que podemos con lo que sabemos, sentimos, con lo solas o rodeada que estemos, con si tenemos que salir a trabajar o no, con que si lxs llevamos al jardín pronto o nunca…

Últimamente, me estuve dando con un caño como mamá.

Hoy, decidí que necesito parar eso. Si sigo sintiéndome mal, voy a sacar lo peor de mí.

Si decido sentirme bien conmigo misma, entonces, será más factible que logre volver a centrarme y disfrutar más de mi hijo.

Tomé la decisión de no permitirme más expresar mi enojo delante o con mi hijo.

Me prometí volver a conectar con su y con mi inocencia, con su corta edad, con el lado liviano y divertido de vivir juntxs.

Sigue siendo duro; sí. Me sigue demandando muchísima energía el ir a su ritmo, aminorar el mío, esperarlo, seguirlo, explicarle y repetir y repetir y volver a repetir, y así todo el día. Es duro y a la vez es hermoso. Él es divertido, tiene sentido del humor, habla un montón y mezcla los idiomas como solo él puede, se levanta con una sonrisa llena de amor cada mañana, me abraza y me besa para despedirnos, me graba audios en los que me manda besos, me mira con esos ojitos, me pide upa, a veces para dormir y aunque pese un montón, es la sensación más hermosa de la vida…

Eso. Ver lo lindo.

Conectar de nuevo con lo bello y lo placentero.

Porque cada día es irreptible y para él es una vida.

Ser la madre que soy desde quien soy como persona.

Negarme a convertirme en una madre estresada, tensa, enojada, negativa… esa no soy yo… o puede que a veces, pero no todo el tiempo, no cada día.

Soy buena y mala madre, según el momento.

O no, no soy ninguna de las dos.

Soy yo. Como soy y madre.

Claudia

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