Día 58 Nadie se lo merece

Otro día que prefiero dejar en mi pasado y guardar solo la lección.

Segundo día consecutivo sin siquiera media hora para mí sola. Cumpleaños de amiga de la familia + cambios de horarios del trabajo del papá= Cero tiempo sola = Posts atrasados = Yo más desregulada.

La maternidad consiste en intentar volver a regularme constantemente. Bueno…he de ser sincera, ya venía bastante desregulada antes de convertirme en mamá. Así que, peor aún. En fin: no es esto un libro de quejas.

Hoy me vi poseída de nuevo. Hoy llegué a hacer algo que me parece una locura. Hoy me miré y pensé: “Estoy loca”.

La maternidad puede parecerse mucho a la locura.

Cuando mi hijo de menos de un metro se convierte en un gigante que todo lo puede, lo único que quiero es salir corriendo. No es una opción.

Soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo la adulta soy yo.

Porque tengo ganas de tirarme al piso a llorar yo también. Tampoco es una opción. O sí? No lo probé.

Total que allí estábamos de nuevo: ante la titánica tarea de cambiar un pañal. Yo, dudando entre rezarle a Emmi Pikler o maldecirla por engañarme con que si le anticipo todo y le voy diciendo, mi hijo va a colaborar de maravillas. No colabora. Se resiste. Tiene ya la fuerza como para que yo no pueda decidir unilateralmente cambiarlo y vestirlo… a menos que le haga una llave de judo, que, definitivamente NO es una opción. Emmi, qué hago ahora? Le anticipo, le doy tiempo, le doy a elegir dónde y cómo, que me ayude, que le leemos, que le canto, que si salimos a divertirnos luego, que… NO NO y NO.

Esto sucede cada día.

Algo estaré haciendo mal. No lo sé. Puede ser. En todo caso; es desesperante.

No podemos salir sin cambiarlo.

Su prima y yo estamos esperando para ir a un centro cultural a pasarlo lindo. Cuanto más tardamos, menos tiempo para disfrutar de la salida. Todo este tiempo de negociar, proponer, insistir, preguntar…ya estaría cambiado hace rato.

Y en esa que me transformo. Agarro los libros, que la prima le estaba proponiendo leerle mientras se cambiaba y los empiezo a guardar en un lugar en alto al sonido de “No colaborás, no hay más libros”. Todos, todos sus libros fueron a la parte alta del placard mientras yo repetía que no podía ser, que todos los días lo mismo, que no era así la cosa…mientras decía lo que nunca me hubiera imaginado llegar a decir… ni hacer. Un acto claramente desesperado. A él, chiquito, le pareció terrible que le sacara sus libros…ay… me parte el alma de recordarlo. Lloró. Tiró una almohada en el piso y se acostó encima. Lo tapé y prendí la estufa, porque hacía frío y él estaba sin remera.

Después de un rato, dijo que estaba listo para cambiarse, y así fue, y salimos.

Salimos, sí, pero yo ya tenía una angustia encima que tardé una buena media hora en sacudir. Triste, derrotada, decepcionada, emocionalmente agotada.

Me fui a dormi pensando en esto y en que no va a volver a suceder algo así. No va conmigo. No es lo que quiero. Mi hijo no se merece semejante escena, ni yo, la verdad.

Ni nadie.

Claudia

 

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