Día 43 Cosechando

Hace una semana, tuve dos días muy difíciles.

En la tarde del segundo, fui con mi hijo a una celebración de panzas. Panzas embarazadas. Panzas gestando nuevas vidas.

Yo me sentía gris oscuro en el alegre festejo multicolor.

Llovía mucho ese día.

No me sobraban las ganas de salir, subirme al colectivo y caminar bajo el agua, pero una de mis más queridas amigas me había contado que temía que no fuese mucha gente a la celebración, y yo no iba a ser de las que faltasen.

También, necesitábamos salir, mi hijo y yo, ya que lo difícil estaba siendo justamente, estar juntxs en casa.

Llegamos. Mojada yo. Él no (gracias porteo).

Mi energía estaba claramente poco festiva, pero estaba contenta de estar rodeada de amigas y que mi hijo pudiese jugar un rato con otros seres que no fuesen este que escribe.

Más allá de estar en otra casa, rodeadxs de otra gente bella, tanto mi hijo como yo, seguíamos de un humor sensible, por ponerlo suavemente. La fiesta era en el living y él quería ir a la habitación. Yo, lo único que quería era estar tranquila y sin conflicto por un momento. Hay días que lo primero es difícil de conseguir. Lo segundo depende de mi grado de paciencia e ingenio. Estas dos cosas no siempre me sobran.

En un momento, yo estaba sentada en el living, apelando a cada una de mis neuronas para escribirles unas líneas a cada una de las madres gestantes.

Alzo la mirada del papel, atenta al lugar donde sabía que estaba mi hijo, y veo a una amiga diciéndole a otra …”está llorando…” no había entendido nada más de lo que había dicho, pero me levanté a ver si era mi hijo la persona de la que hablaba.

Era.

Lo alcé y lo consolé.

Al día siguiente, me desperté con la imagen de mi amiga diciéndole a otra que mi hijo estaba llorando… en vez de decírmelo a mí. Yo, desde donde estaba sentada, la veía perfectamente, por eso no entendía lo ocurrido.

En vez de quedarme con la pregunta en la garganta; le escribí y le pregunté. Le conté cómo me sentía ese día y la sensación fea que me había quedado de que ella no acudiese a mí. Le hablé de lo que sentía y de cómo me había sentido.

Para mí, fue muy importante hacerlo.

Importante y aterrador.

Me contestó amorosamente y me explicó su lado de lo vivido. Ella no me había visto, le habían dicho que estaba en el baño, le había ofrecido sus brazos a mi hijo, y le estaba preguntando a esta otra amiga si sabía dónde estaba yo.

Así de simple.

Yo, desde mi visión teñida de gris y mis emociones a flor de piel, había visto a mi amiga no acudiendo a mí, cuando en verdad, ella me estaba buscando.

Chan.

Lo bueno de esta historia?

Me propuso vernos y darnos un abrazo sanador porque ella también viene teniendo días difíciles.

Así que hoy nos juntamos, con crías que jugaron juntas mientras nosotras brindamos por nosotras y por nuestra sincera y noble amistad..

Acaso hay algo más bello?

Claudia

 

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