Día 12 – El milagro de los movimientos oculares

Anoche estaba muuuuy cansada y decidí irme a dormir en vez de escribir mi post.

Eso también forma parte de cambiar para vivir mejor.

Elegirme más seguido. 

Ayer fue mi tercera sesión de EMDR, por eso necesité irme a dormir temprano.

Hablarles de esta terapia es justamente lo que quería en mi día 12.

EMDR = Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares.

Hace ya muchos años que me enteré que existía esta técnica que combina varias herramientas. En cuanto escuché mencionar de qué se trataba, sentí que era algo que me haría bien. Sin embargo, durante todos estos años, ganaron mis excusas. O no…tal vez todo llega cuando tiene que llegar y este era el momento idóneo.
En nuestra primera sesión, la psicóloga me dijo que se notaba todo el trabajo que había hecho hasta llegar a ahora. Eso fue una caricia al alma, un beso al corazón y a todo lo que llevo andado en este camino de la recuperación de mí misma.
Por eso pienso que tal vez, mis excusas fueron también amigas que se fueron en cuanto yo estuve lista para prescindir de ellas.
EMDR es una técnica que se utiliza y funciona muy bien con personas que hayan vivido una situación traumática.

Tema para trabajar: El momento en que secuestran a mi madre y a mi padre cuando yo tenía dos años y medio. La edad de mi hijo ahora. (No, no es casualidad que me haya decidido de una vez por todas hacer esto ahora)

Primera sesión: Yo no tengo imágenes del momento. No es un recuerdo visual. Solo cuento con el registro corporal. Una sensación de ahogo, de falta de aire, de opresión en el pecho… la sensación de que me muero y se derrumba mi mundo.

Recordando esas sensaciones, la terapeuta me hace intercambiar entre unos anteojos completamente negros con un agujero que deja entrar la luz en la esquina derecha y otro en la esquina izquierda (trabajando los dos hemisferios del cerebro).
Lo que siento cuando llevo puestos unos anteojos y otros es muy diferente. Es impresionante notar esto.
Paso por varias sensaciones y emociones, entre ellas y la más intensa, la sensación de un agujero negro en la tierra y como si me muriera y bajara por ese agujero. Luego, se calma de a poco.

De vez en cuando, la terapeuta me pregunta cuan molesto es el recuerdo, en una escala de 0 a 10, 10 siendo la máxima. Empecé sintiendo un 9 de molestia y terminamos la sesión cuando siento un 1.
Habrá durado una media hora larga la sesión. Me parecieron minutos, como cuando parí (me vino esa comparación a la mente al final de la sesión).
Salí con el pecho más blando y una enorme sensación de alivio. Cansadísima y contenta, sintiendo en el cuerpo que algo había aflojado.

Segunda sesión: esta vez, me hizo sacarme los lentes de contacto y trabajamos con una máquina que muestra una luz verde moviéndose que tengo que seguir con la mirada (en círculos, 8s, línea recta y diagonal), unos aparatitos que vibran apoyados en mis manos y un sonido en los oídos que se alternan, todo al mismo ritmo.

Esta segunda sesión es más rara en el sentido de “menos clara”. Por momentos, se me va la mente a penamientos superfluos y me cuesta volver a conectar con el recuerdo.

Pienso: “Será posible que ya esté prácticamente neutralizado el recuerdo?” (De eso se trata: de volver neutro y cero molesto el recuerdo de aquella vivencia.)

La psicóloga me explicó que el mismo recuerdo se trabaja varias veces desde distintos “lugares” para aseguranos de que está realmente neutralizado. Me relajo: cada sesión es como tiene que ser y sé que el trabajo se está haciendo.

Ayer, en la tercera sesión, volvimos a trabajar con los anteojos negros, ya que me había olvidado de mi kit para sacarme las lentillas.

Está vez, volví a un momento de mucha angustia; el momento en el que me siento sola y como si nadie fuera a venir a buscarme. Me vi jugando sola en el pasillo de la casa de mi abuela, donde viví mientras mi madre y mi padre estaban encarcelados.

Yo trabajé mucho con mi niña interior y hablé mucho con la niña que fui, pero ayer fue distinto. En el estado emocional que me encontraba, la psicóloga me pidió que le hablara a esa nena. Me costó horrores lograr arrancar a hablarle. No sabía qué decirle. Cuando pude empezar, le expliqué que otras personas habían decidido que su madre y su padre no estuvieran ahí con ella en ese momento y que nada tenía que ver con quien era ella o lo que ella había hecho. Le conté que su mamá y su papá querían más que nada en el mundo, volver a estar con ella. Le aseguré que la querían y que la iban a querer siempre.

Me costó muchísimo sacar esas palabras. Era yo hablando y diciendo esto y era yo la nena que se creía no deseable, sola y rechazada. Fue muy fuerte y también muy poderoso. Sentir mis dos partes, la adulta y la nena que fui, lo que sentí en ese momento y lo que creí.

Después de eso, cambió mi angustia por una sensación de amargura, que terminé reconociendo como rabia y enojo.

Por fin le vi la cara a mi enojo en el contexto de esta terapia.

Ese enojo que tanto conozco. Mucho más presente en mi vida diaria que la tristeza.

Se fue calmando.

Mi cuerpo pasó del pecho cerrado de la angustia a la tensión y un peso doloroso en los hombros y hasta la nuca.

Quedé como si me hubiera pasado un camión por encima…

…y muy feliz de estar haciendo esto.

Claudia

 

 

 

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